martes, 20 de marzo de 2012

La era de los “queseadores” salteños


El aleluya de la “Pepana” Trindade en Gauchos



  Cuando el rugby comenzó a jugarse y no existían reglas, la cantidad de quebrados era cada vez más numerosa; hablamos de 1860 y era necesario poner freno al desenfreno. Nacieron las reglas y todos los gringos tenían que ser “señoritas” dentro de la cancha. Pero la gringada vieja, la que había iniciado la era de la “quesiada”, se sentía con un cargo de conciencia tremendo. En esa mentada reunión decidieron implantar el famoso y nunca olvidado por muchos años “Aleluya”, voz de júbilo de origen hebreo. El Aleluya consistía en jugar correctamente durante 70 minutos y los 10 restantes “a la que té criastes, a lo Pepana, a lo gallego Haro”. De esa manera el número de quebrados disminuyó notablemente. Con el tiempo, esa costumbre desapareció, pero con un profético “volver”, alguna vez en el tiempo.

  En el primer entrenamiento de la changada nueva, el que lloraba de alegría era el entrenador, el Pepana Trindrade. Ninguno de sus nuevos alumnos bajaba la uña de la yugular en el cuello del contrario y eso lo enloquecía. De zancadillas, no hablemos. Jugar al rugby no sabían por cierto y menos lo de observar sus duras reglas, pero eso de cascar contendores con libertad, se cotizaban como grandes maestros. Al fin y al cabo rendían honores a la cantera de donde provenían: plaza Alvarado. Pepana gritaba desaforado “por fin loi encontrao sucesore, papacito i’dio”, gracia diosito. La escuela de “mameluco i’mecánico”, como lo habían bautizado también al Pepana, tenía asegurada su continuidad en el futuro.

  El Pantera Benavente, observador como era y de otra escuela, por supuesto, se dio cuenta al toque de lo que pasaba, entregando el grupo a la atención de otro técnico. Éste, como primera medida, los llevó ál curita Requena para que a través de sus convincentes palabras les demostrara que el prójimo era un hermano para amar y no un ser humano para matar, por más uñudo y mechudo que sea. Los changos iban a la iglesia, pero no a sentarse en las bancas. sino a sacar el cuero en la puerta del templo criticando y poniendo apodos a las viejas y admirando las chuncas de las jovencitas, dándole las espaldas al templo, lo que era costumbre de siempre para ellos en la plaza Alvarado, o “plaza de los burros” como se la llamaba antes.



El gallego “San” Haro y el “azote i’Atila” Calamucho

  Y la reflexión llegó solita: era claro que si les tocaba jugar contra Spaghetti, ni trompeada que se iban a dar con el gallego (San) Haro, también hijito para poner los dedos cerrados en los rostros y los abiertos en los ojos ajenos; sin muchos esfuerzos  porque ya venía genéticamente programado así; era su compañero de equipo “espinaca”, el petiso y famoso Calamucho, conocido como “azote i’Atila” por lo que convidaba dentro de la cancha durante casi una hora y media de juego, superando muchas veces al maestro gallego en el menester de “atender rivales”. El gallego Haro era conocido en el ambiente del rugby por su manera personalísima de presentarse: primero pegaba y de inmediato le decía al agredido: “Ahhh, ahhh, ¿qué lo querí que sé lo quesíemo?, se lo quesíemo nomá”. El otro, el que había recibido los golpes sin querer, quedaba aún más sorprendido ante la extraña propuesta del gallego, y si no respondía nada, proseguía cobrando. Pero éste “calzador” también tenía sus días neutros y una vez al finalizar un partido le preguntaron: “Gallego, ¿por qué estás triste?” Apesadumbrado, respondió: “lo toi trite porque hoy día no loi podío calzalo a nadie y lo tengo que eperalo una semana, ¡que una semana!, do, porque lo tenimo fecha libre el domingo. Y ni siquiera una procesioncita” lo hay pa no perdelo la forma atlética. La procesione lo son linda, ¡cómo lo meto codazo y rodiyazo, papá!, y lo coya lo creen que lo’tá catigando diosito por la mucha fulería que lo tienen en su haber y lo aguantan cayadito nomá”.

  La diferencia entre uno y otro grupo se notaba a la distancia y no vale explicar por cual senda transitaba cada uno. Pero, al final, con varias reuniones y asados, con las palabras convicentes de los “sacerdotes” que tenía Gauchos como el Ogui Feixes, el Colorao Mendoza, el Negro Romero, el Gorrión Collado, “lechuza pichona” o “pavo machao” Di Bello, el Mota Villagra, el Chiquito Paterlini, el gallego “Rápido” García Vidal, el “sobaco i’linyera” Muro, el Urraca Díaz (ojo, no confundir con el Fred o Urraca de éste cuento), el Comisario Ugarriza, en fin, a los orilleros del Campo Caseros que tenían su sede en la plaza Alvarado, lograron amansarlos un poco y rescatarlos para bien de la sociedad y la civilización. Pero, con el tiempo, la sangre los traicionaba a todos y volvían a “aplicar” manazos y uñazos, aunque de manera metódica.

  El que más cobraba con los rivales era el gringo “Borges” Roncaglia; colorado como era, la sangre de la nariz lo maquillaba como para desfile de modelos. “Si no me lo permiten devolvelo, me lo vua ilo il’clú; ¿porque me lo van a quesíalo sin aco, ahhhh? Encima te lo dicen que si te lo peliá depué que termine el partido, t’informan y te lo sacuden 99 año y supensión. Tení que eperalo 48 hora pa ajuticialo al mataco fuera i’la cancha, pero ya no lo tení la bronca que lo tení depué il’partido, ya lo’tá frío pa calzalo. Lo saben hacelo bien eto coqueto il’raby. Si me lo dan 99 año, cuando se me lo cumpla la pena lo chango ya no lo va quedalo uno y no lo vua tenelo con quien jugalo. Lo único que lo pueden quedalo pa entonce son el Socotroco y el Soplera Racioppi, que lo son má agarrao que “butaca i’cine”. También el Cazuela Otero y su hermano Mimi, conocido el má chico como el “juticiero i’la cancha”, aunque como lo son petiso, pa entoce ya lo van a selo enano ¿y si se lo andan rebucando con un circo por ahí?,  encima tengo que entralo a bucalo por todo el paí”.

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